Cómo se nombran las estrellas.

En la antigüedad, a las estrellas observables se les asignaba por lo general un nombre propio, muchos de los cuales prevalecen hasta nuestros días; fueron originalmente asignados mediante un significado que trataba de explicar alguna característica de la estrella, ya fuera mediante referencias mitológicas o bien por características físicas, como su color o incluso su posición relativa con respecto a otros cuerpos. La mayor parte de los nombres propios de estrellas que se manejan actualmente, provienen del árabe, ya que hace aproximadamente 2,000 años, si bien las distintas culturas europeas ya habían asignado y establecido muchos de los nombres, también habían perdido interés en la observación celeste, mientras que por el contrario, las culturas árabes se mantenían atentas al firmamento. Así, muchos de los nombres previamente otorgados en griego y latín, fueron traducidos en su significado a la lengua árabe. Fue, por ejemplo, el caso de la estrella a la que los griegos nombraron Opiso, término que significa "perseguir"; más tarde, los árabes tradujeron el término y la llamaron Aldebarán, lo cual en su lengua significa "el seguidor". El nombre original fue asignado ya que la estrella siempre está detrás de las Pleiades, en una eterna persecución. En contraste, los astrónomos modernos no asignan nombres propios a las estrellas que identifican; de hecho, es común que algunas estrellas que poseen nombre propio sean invocadas con términos diferentes, producto de una nomenclatura más moderna. Es común que las estrellas tengan más de un nombre, ya que además del propio, se les puede denominar de acuerdo a distintos criterios. En algunos círculos astronómicos, Aldebarán es mejor conocida como Alfa Tauri, o bien como 87 Tauri.

Actualmente, la Unión Astronómica Internacional es el órgano con mayor influencia en la asignación de nombres a estrellas y demás objetos del universo. De acuerdo a sus protocolos, las estrellas no deben poseer nombres propios, salvo aquellas que históricamente han sido reconocidas con alguno.

Si bien las constelaciones emergieron originalmente como agrupaciones de estrellas que aparentaban formar distintas figuras, y que para la percepción de las culturas antiguas se trataba de estrellas cercanas entre sí, al día de hoy tienen una utilidad completamente diferente. Ésta radica en permitir la orientación del observador, y se han convertido en la forma de dividir la bóveda celeste desde el particular punto de vista de la Tierra. El cielo se delimitó en 88 sectores, cada uno comprendido por una constelación, lo cual resulta de gran relevancia ya que muchos de los métodos para identificar o nombrar estrellas toman como base la constelación en la que dicho cuerpo se encuentra. Por lo general, los astrónomos modernos no suelen hacer referencia a las constelaciones y en su lugar utilizan coordenadas celestes; sin embargo, dado que existe una gran cantidad de estrellas nombradas con referencia a estos grupos, es importante conocerlas. En 1603, Johann Bayer creó un método de denominación de estrellas, aún popular en nuestros días, a través de su catálogo estelar Uranometria. Al igual que muchos de sus antecesores y sucesores, hizo uso de las constelaciones para ubicar y dar un contexto general de la localización de una estrella en la bóveda celeste. Para identificar las distintas estrellas dentro de cada constelación, usó letras griegas para señalar cada uno de los cuerpos de acuerdo con su brillo o magnitud aparente. Así, la estrella que parecía ser más brillante de una constelación, fue considerada Alfa; la siguiente, Beta, siguiendo el orden del alfabeto griego. Tras la asignación de la letra correspondiente, se agregaba el nombre de la constelación, por lo que la estrella más brillante de la constelación de Leo, Régulus, fue catalogada como Alfa Leonis. Con la aparición de telescopios, quedó claro que las 24 letras del alfabeto griego serían insuficientes para nombrar las estrellas de toda una constelación, por lo que tras la omega, comenzó a nombrarlas con letras latinas minúsculas, de la estrella 25 a la 50, y con mayúsculas, de la 51 a la 76.

Posteriormente, emergieron distintas propuestas que fueron usadas para identificar estrellas buscando mayor capacidad de registros y menor subjetividad en el proceso. La denominación de Flamsteed fue similar a la de Bayer, pero en vez de usar letras introdujo el uso de números. Inicialmente los números señalaban la ascensión recta de la estrella dentro de la constelación. Este método fue popular en el siglo XVIII; en la actualidad todavía es empleado, aunque su uso se limita a aquellos casos en los cuales la estrella no tiene denominación de Bayer, la cual es usada en caso de existir. Algunas estrellas que en la actualidad son conocidas bajo esta denominación son: 18 Scorpii, 61 Cygni y 47 Ursae Majoris.

Para diferenciar a los componentes de estrellas dobles o múltiples que originalmente fueron catalogadas con una única identificación, se acostumbra agregar una letra latina mayúscula como sufijo. Ese es el caso de Sirio, la cual forma un sistema binario con una estrella enana blanca la cual es identificada como Sirio B, o bien Alfa Canis Majoris B.

Existen diversos catálogos que mantienen registros relativos a estrellas menos visibles. Cada catálogo tuvo y ha tenido su propia metodología para identificar y nombrar estrellas, y al día de hoy se respetan la designaciones realizadas. Entre dichos catálogos, se encuentran el Bonner Durchmusterung (BD), el Henry Draper (HD) y el General Catalog (GC).

Las estrellas variables son actualmente identificadas mediante un método elaborado por Friedrich Wilhelm Argelander en 1862. Tomando como base la denominación de Bayer, reserva las letras R y posteriores, otorgando cada una de ellas a las variables descubiertas en el orden en el que son registradas. Después de la Z (correspondiente a la novena variable de una constelación), se comienza una numeración de dos caracteres que inicia con RR, continúa con RS hasta llegar a RZ, tras lo cual cambia a SS, ST, etc. La serie de letras concluye con YY, YZ y ZZ, y después continúa con AA, AB, hasta llegar a AZ, para comenzar entonces con BB, BC, etc. Este esquema no hace uso de la letra J, y ofrece 334 posibles designaciones. Tras agotarse, la nomenclatura considera el uso de una letra V (para denominar que se trata de una variable) y un número consecutivo asignado a partir de 335, generando nombres como el de V 1500 Cygni.

En términos generales, en la actualidad se continúa usando la denominación de Bayer, empleando números para ampliar la secuencia de letras, mientras que las estrellas variables se denominan de acuerdo a lo previamente señalado. Sin embargo, usualmente se respetan los nombres previamente asignados, por lo que no todas las estrellas cuentan con una identificación de esta naturaleza; si una estrella fue identificada e integrada en un catálogo distinto bajo nomenclatura diferente, su nombre es usado. De la misma manera, si una estrella variable fue originalmente denominada, por ejemplo, con una letra griega de acuerdo a la denominación de Bayer, su identificación original prevalece. Sólo unas pocas estrellas cuentan con nombres propios, aunque todas ellas tienen también denominaciones de acuerdo a la nomenclatura de Bayer o de otros catálogos. Por otro lado, existe una gran cantidad de catálogos actuales y vigentes que continúan agregando registros a sus colecciones, denominándolos con su propia nomenclatura.

Dada la enorme cantidad de estrellas, sus registros son efectuados por los esfuerzos aislados de distintos astrónomos a lo largo del tiempo, lo cual ha hecho frecuente que una estrella tenga varios nombres, tal y como sucedía con las culturas antiguas. Si bien al día de hoy existen ciertos prácticas que ofrecen algunos lineamientos, el proceso con el cual una estrella es nombrada puede depender, en buena medida, de la persona quien la identifica.

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