Movimiento planetario y la astronomía moderna.

No se puede culpar a los antiguos por haber considerado a la Tierra como el centro del universo. Tras hacer un profundo ejercicio de honestidad, posiblemente la mayoría habríamos pensado lo mismo, si nadie nunca nos hubiera explicado que no era así. Después de todo eso es lo que nuestros ojos y la experiencia indican: todos los días el sol aparece por el Este, recorre la totalidad de la bóveda y más tarde desaparece por el Oeste. Día tras día, siempre es igual. Y las estrellas lejanamente enclavadas en un oscuro manto, se comportan exactamente de la misma manera. Con la luna sucede lo mismo. Además aquí, en la Tierra, todo parece bastante estático como si no nos moviéramos.

Sí: es posible que cualquiera hubiera pensado lo mismo. No en vano fue el pensamiento generalizado por tanto tiempo, durante milenios. Sin embargo, para aquellos que observaban detenidamente el firmamento había una pista que no encajaba. Había algunos cuerpos luminosos que aunque parecían estrellas se comportaban de manera diferente. Todas las estrellas aparecían siempre en la misma posición con respecto a las otras, de tal manera que al ser agrupadas en constelaciones, su posición en la bóveda celeste era siempre la misma: las estrellas no se acercarían o alejarían unas de otras, y las figuras imaginarias permanecerían por siempre.

Extraños movimientos.

Si bien esto era cierto para casi todas las estrellas, unas pocas parecían no respetarlo. Algunos cuantos cuerpos se negaban a mostrar trayectorias acordes a lo que debería ser correcto restándole orden al universo, el cual era considerado perfecto en cada sentido. Así que dichos objetos fueron nombrados planetas, palabra que etimológicamente significa "vagabundo". La denominación no fue gratuita: los planetas se presentaban en el firmamento en algunas ocasiones, pero por largos periodos no se sabía nada de ellos. Cuando brillaban por la noche mostraban conductas muy extrañas; si se observaban diariamente a la misma hora en vez de integrarse al suave y bien conocido movimiento del firmamento, los planetas parecían aumentar y después disminuir su velocidad hasta finalmente detenerse; su posición con respecto al resto de los objetos no era constante. Como si no fuera suficiente, al comparar registros diarios podría vérseles desplazándose en sentido contrario, hacia el Este, sin obedecer los más básicos principios de orden. Para finalizar, a diferencia de todos los objetos del cielo, en ocasiones su brillo era más tenue, y a veces más intenso.

Las caprichosas conductas planetarias fueron posiblemente la primera pista de que había algo mal en el modelo geocéntrico vigente: podría ser que quizá no todo en el universo girara en torno a la Tierra. Los deseos por explicar las observaciones realizadas respetando a toda costa el concepto geocéntrico llevó a algunos a desarrollar complicadas teorías que pudieran explicar satisfactoriamente lo que sus ojos veían, lo que sus mentes creían, y lo que su cultura dictaba. Se propusieron modelos que colocaban a los planetas en órbitas de epiciclos: órbitas circulares cuyo centro se localizaba y viajaba a lo largo de otra órbita circular, con lo cual era posible explicar los extraños movimientos experimentados.

Para ajustarse a las observaciones, los modelos se tornaron sumamente complejos, además de contener la muy molesta falla que implicaba las excepciones correspondientes a la luna y al sol, cuyos movimientos se explicaban perfectamente bien sin necesidad de epiciclos. Algunas personas no fueron capaces de contentar sus mentes con las teorías vigentes. La genialidad de Nicolás Copérnico dio lugar al modelo heliocéntrico, el cual emergió dando una explicación a lo observado que se ajustaba plenamente a lo que sucedía cada noche, aunque ideológicamente era demasiado revolucionaria.

El plantear un universo donde la Tierra resulta relegada a un sitio sin especial importancia otorgando la posición de honor al sol era algo totalmente en contra de los añejos paradigmas, las filosofías y los dogmas vigentes. Pero la sencillez y exactitud del nuevo modelo le habría garantizar el adoptar rápidamente un grupo de fieles seguidores. No requería de órbitas con epiciclos para funcionar, sino de simples órbitas circulares que más adelante se descubrió se trataban en realidad de elipses. Permitía predecir posiciones y movimientos acertadamente e incluso explicaba con facilidad el movimiento retrógrada de los planetas. Sin embargo, todavía era una teoría más, que necesitaba ser probada.

La primera conquista del telescopio.

El invento del telescopio fue uno de los grandes hitos en la historia de la astronomía. En cuanto Galileo Galilei pudo poner sus manos sobre uno de estos novedosos aparatos, no dudo ni por un segundo en apuntarlo al cielo. Después de un número de detalladas observaciones, Galileo notó tres pequeños objetos cercanos a Júpiter que parecían desplazarse de manera extraña. Tras varios días de seguir sus movimientos, desapariciones y reapariciones, observando y registrando meticulosamente, concluyo que dichos cuerpos tenían que estar girando alrededor de Júpiter. La noticia causo revuelo y no fue bien acogida por los religiosos, ya que todos los cuerpos del universo debían desplazarse alrededor de la Tierra. Adicionalmente, Galileo observó a Venus y notó que presentaba todas las fases, de manera similar a la luna. Dicho fenómeno no era posible de acuerdo al modelo de Ptolomeo, aunque fue ajustado en diversas ocasiones para poder explicar lo observado.

Sin embargo, al conjuntar el cambio de fases con la variación del tamaño (y por tanto de la distancia), el modelo de Ptolomeo no pudo continuar dando una solución a ello: Venus giraba alrededor del sol.

La evidencia comenzó a acumularse proviniendo de diversas aristas. El universo mostraba una nueva cara, muy distante de la perfección idealista otorgada en tiempos más antiguos y cuidadosamente transferida de generación en generación como parte de la herencia cultural. Habían cuerpos orbitando otros objetos distintos a la Tierra y los planetas giraban alrededor del sol. Además se había observado la orografía lunar, con cráteres y montañas muy alejada de la esfera perfecta y translúcida como era considerada. El sol tenía manchas y giraba sobre su propio eje, e incluso la Vía Láctea no era luz divina, sino la acumulación de incontables estrellas. Lo más inquietante sin duda, fue concluir y aceptar la verdadera posición de la Tierra. No era el centro del universo, ni el eje de giro de todo cuerpo en la bóveda celeste. Se trataba de un planeta más, viajando en una órbita imperfectamente elíptica, junto a otras más.

Astronomía moderna.

La ciencia, por otro lado, se vio beneficiada con la difusión del nuevo modelo. Conocer las órbitas planetarias permitió realizar predicciones que fungieron como punto de partida para nuevos avances y descubrimientos, los cuales hasta nuestros días han continuado acumulándose. El razonamiento lógico se abrió paso paulatinamente sobre las creencias, los paradigmas y la ideología, mientras la astronomía moderna emergió, definiendo su camino como ciencia.

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